Leonor creyó que un océano bastaría para separar a su hija de aquel muchacho.
La primera vez que Inés llevó a Gabriel a casa, su madre no le ofreció una silla.
Había varias disponibles. Una junto a la ventana, dos frente al sofá, otra donde Leonor dejaba las revistas que pensaba leer. El muchacho permaneció de pie, con la chaqueta doblada sobre el brazo, mientras ella le hacía preguntas.
Dónde trabajaba. Cuánto tiempo llevaba allí. Qué pensaba hacer después.
Gabriel reparaba electrodomésticos en un taller y estudiaba por las noches. Contestó sin agachar la cabeza, aunque Inés notó que apretaba cada vez más la chaqueta.
—¿Y tu familia? —preguntó Leonor.
—No la conocí. Me crié en una casa hogar.
Por un instante, ella dejó de mover la cucharilla dentro de su taza.
Después la apoyó en el plato.
—Comprenderás que una madre quiera cierta seguridad para su hija.
—Mamá —intervino Inés.
Leonor levantó una mano para hacerla callar.
Gabriel miró a su novia antes de responder.
—No he venido a pedirle nada, señora.
A Leonor le molestó aquella dignidad. Habría sabido qué hacer con una insolencia, con una petición de dinero, incluso con un intento de adularla. Pero el muchacho no parecía dispuesto a darle ninguna de esas razones.
Cuando él se marchó, Inés cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—No vuelvas a traerlo —dijo su madre—. Y deja de verlo.
Su hija la miró como si acabara de descubrir algo desagradable en una habitación que conocía desde niña.
—Tengo veinticuatro años.
—Precisamente. Ya deberías saber lo que te conviene.
Inés había conocido a Gabriel en un curso de fotografía.
Él llegaba casi siempre tarde, después de cerrar el taller, y durante las primeras semanas apenas hablaron. Una tarde quedaron juntos para un ejercicio. Caminaron por la ciudad buscando algo que mereciera ser fotografiado y acabaron comiendo en un puesto, riéndose de las imágenes que habían tomado.
Después siguieron encontrándose sin llevar la cámara.
Gabriel no era un santo ni Inés lo necesitaba. A veces se encerraba en sus preocupaciones, era malo para contestar mensajes y podía discutir durante media hora por una tontería. Pero la escuchaba. Le preguntaba qué quería hacer con su vida y esperaba una respuesta, en vez de ofrecérsela.
Leonor no entendía qué podía encontrar su hija en él.
O prefería no entenderlo.
Tres semanas después de aquella visita, había pagado un curso de restauración en Madrid, reservado una habitación y comprado un pasaje.
Era una oportunidad que Inés deseaba desde hacía tiempo. Leonor se la presentó como un regalo, aunque las dos reconocieron lo que había detrás.
Inés aceptó porque quería estudiar y porque, por primera vez, viviría lejos de las decisiones de su madre.
Leonor confundió aquella aceptación con una victoria.
La mañana del viaje besó a su hija en el aeropuerto y le acomodó el cuello del abrigo.
Inés ya estaba embarazada.
Todavía no lo sabía.
Lo descubrió en Madrid, una tarde de lluvia, sentada en el diminuto baño de su habitación.
Gabriel fue el primero en enterarse.
Permanecieron largo rato al teléfono, diciendo cosas prácticas con voces que no conseguían parecer tranquilas. Hablaron de trabajo, de pasajes, de dónde vivirían cuando ella terminara el curso.
Después él preguntó:
—¿Tienes miedo?
Inés empezó a llorar.
—Sí.
—Yo también.
Aquello la hizo sentirse menos sola.
A Leonor se lo dijo una semana después.
Su madre recibió la noticia en silencio. Luego quiso organizarlo todo: el regreso, las consultas, la casa donde viviría el bebé. Hablaba sin mencionar a Gabriel.
—Él también va a estar —la interrumpió Inés.
—No vas a decidirlo tú.
La llamada terminó mal.
Durante los meses siguientes hablaron con una cortesía triste. Leonor enviaba dinero y preguntaba por los análisis.
Inés respondía lo necesario.
Gabriel trabajaba horas adicionales para poder viajar. Había comprado un pasaje para las últimas semanas del embarazo.
El niño nació antes.
La llamada llegó de madrugada.
Leonor tardó en reconocer la voz de su hija. Sonaba pequeña, agotada, como cuando de niña la despertaba una pesadilla.
El bebé estaba en cuidados neonatales. Había nacido con una anemia grave y necesitaba una transfusión.
—Es A negativo, mamá.
Leonor se incorporó en la cama.
—Yo también. Yo tengo esa sangre.
Ya estaba buscando con los pies las zapatillas.
—Voy para allá.
Inés le explicó que el hospital estaba preparando sangre compatible del banco. No iban a esperar su llegada.
Pero Leonor había oído una necesidad y, por primera vez en meses, creía saber cómo responder sin discutir.
Compró el primer vuelo que encontró.
Durante el viaje no abrió el libro que llevaba. Miraba la pantalla con el pequeño avión avanzando sobre el océano y se desesperaba por lo poco que parecía moverse.
Al llegar a Madrid, su nieto ya había recibido la transfusión.
Leonor ofreció donar. Le explicaron que cualquier donación requería valoración y pruebas, y que la atención del niño no dependía de que ella pudiera hacerlo.
Asintió.
Había cruzado el Atlántico dispuesta a dar su sangre. Ahora tenía que aprender a sentarse y esperar.
Inés estaba junto a la incubadora, con el pelo recogido de cualquier manera. Al ver a su madre, se levantó.
Leonor la abrazó con cuidado.
Durante un rato ninguna habló.
Fue más tarde, mientras tomaban café en vasos de cartón, cuando Inés mencionó a Gabriel.
Llamaba constantemente. Estaba intentando adelantar el viaje, pero el cambio costaba casi tanto como otro billete.
—También es A negativo —dijo—. Se ofreció a donar en cuanto llegara. Ya le expliqué que aquí lo están atendiendo.
Leonor sostuvo el vaso sin beber.
Recordó al muchacho de pie en su sala. Su edad. La respuesta que había dado cuando le preguntó por su familia.
—¿En qué casa hogar creció? —preguntó.
Inés la miró, desconcertada por el cambio de tema.
—En Santa Marta. Ya te lo conté una vez.
Leonor dejó el café sobre la mesa.
Inés tenía cuatro meses cuando Leonor la sostuvo por primera vez.
Había ido con su marido a un orfanato situado en otra ciudad. La niña dormía envuelta en una manta amarilla, con una mano abierta junto a la cara.
Leonor recordaba el peso de aquel cuerpo pequeño y el miedo absurdo de no estar sujetándolo bien.
Después vinieron los trámites, la habitación preparada, las primeras noches sin dormir. Inés creció llamándola mamá, buscándola cuando tenía fiebre, dejando debajo de su almohada los dientes que se le caían.
También había decidido ocultarle su origen.
Al principio dijo que se lo contaría cuando pudiera comprenderlo. Luego, cuando fuera un poco mayor. Más adelante, cuando encontrara la ocasión adecuada.
Los documentos terminaron en una caja que solo ella abría.
Pero había un secreto anterior.
Antes del matrimonio, antes de la casa grande, antes incluso de aprender a hablar con aquella seguridad que hacía callar a los demás, Leonor había tenido un hijo.
Tenía dieciocho años.
El hombre con quien lo concibió desapareció al enterarse. Su familia habló de vergüenza, de futuro, de una equivocación que todavía podía arreglarse si todos eran discretos.
Leonor no tenía dinero ni trabajo. Acabó creyendo que lo mejor para el niño sería crecer lejos de ella.
Lo dejó en Santa Marta cuando apenas tenía unos días.
Durante mucho tiempo recordó el movimiento que hizo con la boca mientras otra mujer se lo llevaba: buscaba alimento, ajeno a lo que estaban decidiendo los adultos.
Después aprendió a apartar aquel recuerdo.
Esperó a que el bebé comenzara a mejorar.
Después le pidió a Inés que se sentaran en un lugar donde pudieran hablar.
Su hija escuchó primero la historia de su adopción.
—¿Cuatro meses? —preguntó.
Leonor asintió.
Inés miró hacia el ventanal. Al otro lado había un patio con unas plantas pequeñas, protegidas por una cubierta de cristal.
—¿Pensabas no decírmelo nunca?
—Siempre pensé que encontraría un momento.
—Tuviste veinticuatro años.
Leonor no intentó defenderse.
Le contó después lo del niño. Santa Marta. La edad que tendría. Su sospecha sobre Gabriel.
Inés se levantó y caminó unos pasos. Volvió a sentarse, pero esta vez eligió una silla más alejada.
No la abrazó. No le dijo que la comprendía.
Tenía un hijo recién nacido al que cuidar y acababan de cambiarle una parte de su propia historia.
—Necesito tiempo —dijo.
Leonor asintió.
Por primera vez, no intentó fijar cuánto.
Gabriel llegó dos días después.
Traía una mochila y la misma chaqueta que había llevado a su casa. Tenía los ojos enrojecidos por el viaje y caminaba deprisa.
Leonor se levantó al verlo.
Él se detuvo a unos pasos.
Por un instante permanecieron frente a frente, sin saber cómo saludarse.
—Inés está con el niño —dijo ella—. Ya está mejor.
Gabriel cerró los ojos un momento.
Luego preguntó dónde podía encontrarlos.
Leonor lo acompañó por el pasillo. Antes de llegar a la puerta, habló:
—Te traté con crueldad. No tenías que demostrarme nada para que te tratara bien.
Él la miró.
—Ahora no puedo hablar de eso.
—Lo sé.
Gabriel se quitó la chaqueta. Buscó un lugar donde dejarla y Leonor extendió las manos.
Él se la entregó.
Al abrirse la puerta, Inés levantó la cara. La expresión que había sostenido durante tantos días cedió por fin.
Gabriel entró y la abrazó.
Leonor permaneció fuera.
Desde allí oyó a su hija decirle que se acercara, que el niño acababa de despertarse. Escuchó la voz del muchacho, muy baja, pronunciando por primera vez unas palabras que ella no alcanzó a distinguir.
Se sentó en el pasillo y acomodó sobre las rodillas aquella chaqueta que, en su casa, no le había ofrecido dónde dejar.
