El siguiente barco

puerto de veracruz 1912

Veracruz, 1912. Ella esperaba noticias de su prometido. Él confiaba en que sus palabras llegarían antes que su barco. Entre los dos, una carta se quedó detenida.

El cartero empezó por decirle “mañana”. Después aprendió a pasar frente a su puerta sin levantar la cabeza.

Amalia reconocía sus pasos desde la cocina. Dejaba lo que tuviera entre las manos, se alisaba el vestido y salía al corredor con una pregunta que, de tanto repetirse, había terminado por darle vergüenza.

—¿Nada de España?

El hombre revisaba la correspondencia, aunque los dos sabían que no hacía falta.

—Todavía no, señorita.

Era 1912 y en Veracruz casi todas las conversaciones acababan hablando de lo que podía ocurrir al día siguiente. En los cafés se discutían las noticias del gobierno; por las calles circulaban rumores de levantamientos, nombres de generales, versiones que se contradecían antes de llegar a la siguiente esquina. Había familias que preparaban su partida y otras que llegaban con lo que habían podido cargar.

En el puerto, sin embargo, continuaban descargándose sacos. Los vendedores seguían ofreciendo café. Las mujeres escogían pescado y preguntaban el precio dos veces.

Amalia también hacía esas cosas.

Pero una parte de ella permanecía siempre junto a la puerta.

Julián había llegado de España cuatro años antes para trabajar en una casa de comercio. Llevaba las cuentas, tenía una letra inclinada y limpia, y se tocaba el bolsillo del chaleco cuando necesitaba comprobar la hora, incluso después de haber empeñado el reloj durante una mala temporada.

Amalia se había enamorado de él sin poder señalar una tarde precisa.

Recordaba, en cambio, el momento en que comprendió que lo quería: estaban conversando y él había dicho “cuando tengamos nuestra casa” con la misma naturalidad con que habría pedido un vaso de agua.

Nuestra casa.

Aquellas palabras le habían permitido entrar, de pronto, en una vida que todavía no existía.

Antes de casarse, Julián necesitaba regresar a España para resolver unos asuntos familiares. Prometió que sería una ausencia breve. Desde allá escribiría para avisarle cuándo debía esperarlo.

La mañana de la despedida, Amalia llevó el cabello recogido con tantas horquillas que después le dolió la cabeza.

—No vayas a olvidarte de mí entre tanta sevillana—le dijo, intentando bromear.

Julián le acomodó una hebra que el viento le había soltado.

—Si quisiera quedarme allá, no me costaría tanto irme.

Durante semanas, ella recordó aquella respuesta con una confianza casi física. Le bastaba pensarla para recuperar el apetito o terminar de remendar una sábana.

Después empezó a repetirla para no tener miedo.

La última carta anunciaba que los asuntos estaban por concluir. Julián le escribiría de nuevo antes de embarcar.

Amalia guardó dinero para comprar tela blanca.

No llegó la carta siguiente.

Primero pensó que el correo llevaba retraso. Luego imaginó una enfermedad, un accidente, alguna desgracia que nadie se atrevía a comunicarle. Más tarde, en las horas en que estaba cansada y le dolía quererlo tanto, empezó a imaginar otra mujer.

Se reprochaba aquello por las mañanas.

Por las noches volvía a pensarlo.

Acudió al puerto cuando supo de la llegada de un vapor procedente de España. Esperó entre quienes buscaban un rostro en la cubierta, levantándose sobre las puntas de los pies cada vez que aparecía un sombrero parecido al suyo.

Los pasajeros descendieron. Hubo abrazos, equipajes extraviados, niños que lloraban de sueño y mientras otros jugaban a caminar sin caer.

Al final quedaron los trabajadores.

Amalia regresó a casa con el cuello quemado por el sol.

Su madre no preguntó nada. Le sirvió comida y se sentó enfrente, acompañándola mientras ella movía la cuchara sin llevársela a la boca.

Marcharse de Veracruz no fue una decisión que Amalia tomara de una vez.

Primero se habló de pasar una temporada con una pariente cerca de Puebla. Después, de dejar la casa para no seguir pagando una renta que apenas podían reunir. Su madre llevaba meses enferma, los ahorros disminuían y la incertidumbre del puerto volvía más difíciles incluso las cosas pequeñas.

Amalia pidió una semana.

Luego otra.

Antes de partir escribió a la dirección donde Julián se había alojado en España. Dejó también sus nuevas señas con una vecina.

La mañana en que cerraron la casa, recorrió las habitaciones buscando algo que pudiera haberse quedado atrás. Abrió cajones vacíos. Miró debajo de la cama. Se demoró junto a la ventana.

Su madre la esperaba con el equipaje.

—Vámonos, hija.

Amalia salió y entregó la llave.

Once días después, Julián llegó a Veracruz.

Había imaginado tantas veces verla en el muelle que al principio tardó en entender su ausencia.

Pensó que se había retrasado. Que estaría enferma. Que tal vez él había calculado mal el día de llegada y ella aparecería de un momento a otro, caminando deprisa, sujetándose el sombrero.

Esperó hasta que ya no quedó nadie a quien confundir con ella.

Luego fue a buscarla.

La casa estaba cerrada. La vecina con quien Amalia había dejado sus señas también se había marchado. Un hombre que ocupaba una habitación cercana recordaba haber visto salir unos baúles, pero no sabía adónde habían ido.

Julián buscó a antiguos conocidos, preguntó en el comercio donde había trabajado, dejó recados y volvió varias veces a la misma puerta.

De los que encontraba, unos ignoraban lo ocurrido; otros le ofrecían noticias imprecisas, dichas con esa seguridad que a veces acompaña a los rumores.

Se quedó varias semanas.

Durante ese tiempo regresaba por las tardes a la habitación que había alquilado y preguntaba si alguien había ido a buscarlo.

La dueña acabó negando con la cabeza antes de que él hablara.

Julián estaba convencido de que Amalia había recibido su carta. No sabía dónde se encontraba, pero creía que ella sí había sabido cuándo esperarlo.

Esa certeza equivocada fue haciendo el resto.

Al comprar el pasaje de vuelta a España, pidió el más barato. En el fondo del equipaje llevaba un peine de nácar que había elegido para ella, después de entrar en tres tiendas.

Amalia volvió a Veracruz unos años más tarde, después de enterrar a su madre.

Consiguió trabajo llevando las cuentas de una tienda de telas. Volvió a caminar por calles conocidas, descubrió negocios nuevos donde antes había otros y aprendió que regresar a un sitio no significaba recuperar la vida que se había dejado allí.

Con el tiempo se casó.

Su marido, Esteban, reparaba muebles y tenía la costumbre de llevarle una naranja cuando encontraba buenas en el mercado. Tuvieron una hija. Compraron una mesa a plazos. Discutieron sobre el dinero, se cuidaron durante las enfermedades y fueron adquiriendo esas pequeñas maneras de entenderse que no se perciben desde fuera.

Amalia todavía recordaba a Julián.

Pero ya no preguntaba por él.

Habían pasado nueve años cuando un desconocido llamó a su puerta.

Llevaba una cartera de cuero gastado y varios sobres sujetos con una cinta. Preguntó por la señorita Amalia Robles.

A ella le sorprendió escuchar su nombre de aquella manera.

—Soy yo.

El hombre comprobó unas anotaciones.

—Traigo correspondencia atrasada.

Le explicó que el gobierno nuevo había dispuesto repartir el correo que había quedado detenido durante los años revueltos. Todo lo que pudiera entregarse, por viejo que fuera. Estaban abriendo depósitos, revisando sacas, buscando destinatarios que ya no vivían donde decían los sobres.

—He pasado por dos casas antes de dar con usted.

Amalia apenas lo escuchaba.

Había reconocido la letra.

Tomó la carta con las dos manos. En una esquina del sobre, el sello conservaba una fecha de 1912.

—¿No hay otra? —preguntó.

El hombre volvió a mirar entre sus papeles.

—Para usted, no.

Ella le dio las gracias y cerró despacio.

El papel se había oscurecido en los bordes. Una de las dobleces cedió un poco cuando intentó abrirlo.

Amalia se sentó junto a la ventana.

Amalia mía:

No pude tomar el barco. Espérame en el siguiente.

Llevo el peine que me pediste. Ya quiero verte.

Tu Julián.

Lo leyó una vez.

Después volvió al principio.

Durante un instante estuvo a punto de sonreír. Reconocía aquella manera suya de escribir lo importante sin adornarlo, como si las palabras fueran un recado dejado sobre la mesa y él pudiera entrar poco después para terminar la conversación.

Venía.

No se había olvidado de ella.

Amalia acercó el papel a la luz, buscando una fecha más precisa, una dirección de regreso, algo que todavía pudiera servirle.

No había nada.

Julián había escrito como quien está a punto de llegar.

Desde la cocina, su hija la llamó para pedirle agua.

Amalia dejó la carta sobre las rodillas. Se secó la cara con el dorso de la mano, fue a servirle y permaneció junto a ella mientras bebía.

Cuando regresó, el sobre seguía abierto.

Afuera pasó un vendedor anunciando su mercancía. En la casa de al lado alguien sacudía una alfombra. Esteban volvería a la hora de comer.

Ella alisó la carta sobre la mesa.

Por fin había llegado la noticia que necesitaba aquella muchacha de veintidós años.

Tuvo que quedarse sentada un buen rato.

Amalia envejeció en Veracruz.

Vio cambiar los escaparates, las embarcaciones y la ropa de quienes paseaban por las tardes. Sobrevivió a Esteban. Ayudó a criar a sus nietos. Llegó una edad en que empezó a olvidar dónde dejaba los anteojos, pero nunca olvidó en qué cajón estaba la carta.

La conservaba dentro de un sobre nuevo, porque el primero ya no resistía que lo abrieran.

Una tarde, su nieta se la encontró entre las manos.

—¿Quién te escribió, abuela?

—Un muchacho con el que iba a casarme.

La niña, que ya no era tan niña, miró la fecha y luego aquellas pocas líneas.

—¿Y vino?

Amalia tardó en responder.

—No lo supe nunca.

Pidió que se la devolviera y la dobló con cuidado, siguiendo las marcas antiguas. Sus dedos se habían vuelto lentos. El papel era tan delgado que parecía guardar la luz de la ventana.

No esperaba ya a nadie.

Pero allí, en aquella hoja que había cruzado el mar y se había perdido entre sacas, polvo y gobiernos, Julián seguía teniendo prisa por verla.

Todavía no había encontrado la casa cerrada.

Todavía no había comprado el pasaje de regreso.

Todavía venía.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.