Había guardado la llave durante treinta y dos años.
Esperó a que el tren desapareciera detrás de la curva antes de levantar la maleta.
Mientras los vagones siguieran a la vista, todavía podía llegar alguien.
Una mujer recogió a su hija. Dos muchachos se repartieron el peso de un baúl. Junto a la salida, un hombre abrazó a otro dándole fuertes palmadas en la espalda.
Después el andén empezó a vaciarse.
Tomás no había avisado de su llegada. No tenía a quién avisar, o al menos no sabía dónde encontrar a las personas a las que habría querido hacerlo. Comprendía, por tanto, que no hubiera nadie esperándolo.
Lo comprendía desde mucho antes de comprar el pasaje.
Pero durante treinta y dos años había imaginado aquel regreso con alguien al final del viaje, y ahora le costaba acomodarse a lo que veía.
Se había puesto una camisa nueva para bajar del tren.
El empleado de la estación se acercó cuando ya no quedaban pasajeros.
—¿Necesita un coche?
Tomás negó con la cabeza.
—Voy a mi casa. Está cerca.
El hombre miró la maleta.
—Como usted diga.
La calle de la estación tenía otro nombre.
También habían desaparecido la herrería, la tienda donde vendían telas por metros y el árbol bajo el que su padre se detenía a conversar, siempre a punto de irse y siempre encontrando algo más que decir.
Tomás caminó despacio.
En una esquina creyó reconocer la panadería. La fachada era distinta, pero conservaba el escalón hundido de la entrada.
Preguntó por don Emilio.
La muchacha que atendía no sabía quién era.
—El panadero de antes —explicó él—. Vivía arriba, con su mujer.
Ella llamó a un hombre que estaba en el almacén.
Llevaban doce años allí. El local se lo habían comprado a una empresa. No conocían a ningún Emilio.
Tomás dio las gracias.
Más adelante preguntó por los Roldán. Por la familia del médico. Por una mujer que había cosido vestidos de novia en una casa con azulejos verdes.
Recibió indicaciones vagas, movimientos de cabeza, la cortesía breve que se ofrece a un desconocido.
Nadie lo llamó por su nombre.
Se había marchado para trabajar.
Un contrato en otro país, dos años de buen sueldo, dinero suficiente para arreglar el tejado y dejar de pedir prestado al llegar el invierno.
Su madre le preparó comida para el viaje. Adela, su hermana, le regaló un pañuelo con sus iniciales bordadas de cualquier manera. Su padre lo acompañó hasta la estación y le recordó tres veces que cuidara los documentos.
La despedida había sido triste, pero no definitiva.
Hasta dejaron pendiente una discusión sobre dónde convenía levantar un muro en el patio.
Después vinieron los jornales que tardaban en pagarse, una empresa que cerró, otra ciudad, una enfermedad que lo dejó meses sin trabajar. Hubo años en los que volver resultaba casi imposible.
Y hubo otros en los que habría podido hacerlo.
Esos eran los que más le costaba recordar.
Primero quiso regresar con dinero. Después, cuando tuviera algo importante que contar. Más tarde empezó a temer las preguntas que lo esperarían al otro lado del viaje.
Mientras tanto, escribía.
Escribía desde las pensiones, desde las obras, desde una habitación donde el agua se helaba dentro de una jarra. Cada vez que cambiaba de domicilio, enviaba las nuevas señas con una letra grande y cuidadosa.
Preguntaba por la salud de su madre. Por el trabajo de su padre. Por Adela, que al marcharse él todavía no sabía qué quería hacer con su vida.
Nunca recibió respuesta.
Al principio culpó al correo.
Después pensó que tal vez no querían preocuparlo con malas noticias.
Llegó incluso a imaginar que todas las cartas estaban esperando en alguna oficina y que un día se las entregarían juntas, atadas con una cuerda.
Durante mucho tiempo conservó aquella esperanza.
Era más fácil que aceptar la otra posibilidad.
La casa apareció al final de la calle, más pequeña de lo que recordaba.
Seguía teniendo el balcón de hierro y una mancha oscura bajo la cornisa. La higuera del patio sobresalía por encima del muro, crecida sin permiso.
Tomás se detuvo enfrente.
Había imaginado también aquel momento: su madre abriendo antes del segundo golpe, Adela asomándose detrás, alguien preguntando por qué no había escrito para avisar.
Las persianas estaban cerradas.
En una esquina de la puerta se acumulaban hojas secas.
Llamó.
El sonido entró en la casa y regresó sin pasos.
Volvió a llamar, esta vez diciendo su nombre.
Una mujer salió del edificio contiguo con una bolsa de compras.
—Ahí no vive nadie.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que yo llegara.
Tomás señaló la puerta.
—Era la casa de mis padres.
La mujer lo miró con un poco más de atención, como si aquel dato debiera ayudarla a reconocerlo.
No ocurrió.
—Lo siento. No sé decirle.
Cuando ella se marchó, Tomás dejó la maleta en el suelo y buscó la llave.
La llevaba en el bolsillo interior del abrigo, dentro de un sobre gastado. Había cambiado de ropa, de trabajo y de habitación muchas veces. Aquella llave había ido con él a todas partes.
Entró con dificultad en la cerradura.
Pero giró.
Lo primero fue el olor.
Madera cerrada, tela vieja, humedad.
Debajo de todo eso creyó reconocer algo de la casa. No supo qué. Una mezcla que no existía en ningún otro lugar y que le hizo quedarse inmóvil en el recibidor.
Los muebles estaban cubiertos con sábanas.
Había una sobre el sofá, otra sobre el aparador, otra que ocultaba la máquina de coser de su madre. El polvo se había asentado en los pliegues.
Alguien había recogido antes de marcharse.
Alguien había lavado una taza, cerrado las ventanas, extendido aquellas telas.
La casa no estaba revuelta ni saqueada.
Estaba guardada.
Tomás dejó la maleta junto a la puerta y avanzó sin quitarse el abrigo.
En la cocina encontró el armario de los platos. La bisagra inferior seguía haciendo el mismo ruido. Dentro había cuatro tazas, una sopera y el cuenco desportillado donde su madre batía los huevos.
Lo tomó entre las manos.
Recordó cómo ella lo sujetaba contra el cuerpo y movía el tenedor mientras hablaba. Podía verla con tanta claridad que, durante un instante, el silencio le pareció una interrupción breve.
Luego volvió a dejar el cuenco.
Su habitación seguía al fondo del pasillo.
Habían retirado la ropa de cama. Sobre el colchón descansaban una caja de libros escolares y dos marcos puestos boca abajo.
Uno contenía una fotografía de su hermana.
Adela aparecía vestida de novia, junto a un hombre que Tomás no conocía. Sus padres estaban a ambos lados de la pareja, más viejos que el día de la despedida.
Tomás acercó la imagen a la ventana.
Su madre había empezado a encorvarse.
No lo sabía.
En el otro marco, Adela sostenía a un niño mientras una niña se apoyaba en su falda.
Era tío.
Quizá aquellos niños ya tenían hijos.
Se sentó en el borde de la cama.
No le dolían las sonrisas. Se alegraba de que hubieran tenido días buenos, celebraciones, motivos para ponerse ropa limpia y reunirse delante de una cámara.
Le dolía no haber recibido una de aquellas fotografías.
Habría bastado con escribir los nombres por detrás.
Las cartas estaban en el aparador.
Encontró el paquete buscando otra cosa, aunque después no consiguió recordar qué.
Eran sobres de distintos tamaños, sujetos con una cinta desteñida. Reconoció su letra antes de leer las direcciones.
Habían llegado.
Una desde la primera pensión. Otra desde el hospital. Otra que recordaba haber escrito una Navidad, mientras los demás hombres de la residencia cenaban juntos en el piso de abajo.
Todas estaban abiertas.
Tomás desató la cinta.
En una preguntaba si habían arreglado el tejado.
En otra contaba que había aprendido un oficio nuevo y que, si todo iba bien, pronto podría ahorrar para el pasaje.
Más adelante su letra se volvía menos firme. Las cartas eran más cortas.
Madre, aunque sea ponme unas líneas para saber de ustedes.
Buscó la última.
La había escrito once años antes.
No recordaba las palabras, pero sí el lugar: una mesa junto a una estufa, la ventana empañada, un compañero esperándolo para salir a comprar pan.
Leyó despacio.
No sé si siguen viviendo ahí. Si alguien recibe esto, que me diga dónde puedo encontrarlos.
Dobló la hoja.
Durante años había ofrecido disculpas por aquel silencio. Había culpado a las distancias, a los cambios de domicilio, a empleados distraídos, a barcos que transportaban sacas de correo de un continente al otro.
Ahora tenía las cartas sobre las rodillas.
Las habían recibido.
Las habían leído.
Después las habían guardado.
Tomás abrió una ventana.
Entró aire de la calle, el ruido de un motor, una conversación que no pudo entender. Enfrente, alguien tendía ropa.
Se quedó un rato allí.
Al día siguiente seguiría preguntando. Buscaría fechas, direcciones, nombres que pudieran llevarlo hasta su hermana o hasta los hijos de su hermana. Tal vez tendría que empezar por el cementerio.
No sabía qué había ocurrido con ninguno de ellos.
Pero ya sabía que, durante muchos años, habían tenido su dirección y no la habían usado.
Su ausencia había dejado de ser un asunto pendiente.
En alguna parte de aquel tiempo, entre una enfermedad, una boda y el nacimiento de unos niños, se habían acostumbrado a que no estuviera.
Luego lo habían olvidado.
Las cartas habían tenido un sitio en la casa.
Él, en cambio, no tenía el suyo.
La luz de la tarde alcanzaba ya el suelo de la cocina cuando se quitó el abrigo.
Lo colgó detrás de la puerta, en uno de los ganchos de siempre.
Después descubrió la mesa.
La sábana levantó una nube de polvo. Tomás esperó a que se asentara y pasó la mano por la madera, deteniéndose en una pequeña irregularidad del borde.
Se inclinó.
Allí estaba.
Su nombre, grabado con un clavo cuando tenía ocho o nueve años.
Recordó el enfado de su padre, la amenaza de lijar la mesa, la vergüenza con que había pasado aquella cena procurando no mirar las letras.
Nunca las borraron.
Tomás las limpió con el pulgar, una por una.
Después acercó una silla y se sentó, con la casa entera en silencio alrededor.
No había hecho todo aquel viaje para leer su nombre.
Había vuelto para que alguien lo dijera.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.
