La segunda noticia


Durante unos minutos imaginó todo lo que todavía podía ocurrir. Su amiga no había terminado de hablar.

Elena supo que él había heredado una fortuna.

Lo primero que quiso saber fue cuánto.

Julia le dio una cifra aproximada.

Era tanto dinero que, por un instante, ninguna de las dos encontró algo que añadir. En la mesa de al lado, un hombre discutía por teléfono. Alguien dejó caer una cucharilla. La camarera pasó ofreciendo más café.

Elena apenas lo notó.

—¿Y Andrés? —preguntó finalmente—. ¿Sigue viviendo solo?

Cuando Elena se casó con Andrés, todos dijeron que había elegido bien.

Él tenía veintinueve años, acababa de ganar un concurso de arquitectura y había abierto un estudio con dos compañeros. En las reuniones siempre había alguien dispuesto a hablarle de un terreno, una ampliación, un proyecto que podía convertirse en algo importante.

—Este muchacho va a llegar lejos —dijo un tío durante la boda.

Elena lo escuchó con orgullo.

Pero no se había enamorado únicamente de lo que prometía.

Le gustaba la manera en que Andrés escuchaba una canción hasta el final antes de apagar el coche. Su torpeza al bailar. Que recordara cómo tomaba ella el café y no hubiera conseguido aprender dónde guardaban las servilletas.

El primer departamento era pequeño.

Una tarde, antes de tener muebles, cenaron sentados en el suelo. Andrés dibujó en el reverso de un recibo la mesa que algún día quería fabricar para los dos.

—Aquí cabrían seis personas —dijo.

—No conocemos a cuatro que quieran venir a cenar contigo.

Él le lanzó una servilleta.

Durante mucho tiempo, Elena recordaría aquella cena mejor que algunos viajes.

Los problemas comenzaron en el cuarto mes de matrimonio.

Una empresa canceló el proyecto que sostenía buena parte de los ingresos del estudio. Quedaron honorarios pendientes, empleados a los que había que pagar y llamadas que dejaron de ser atendidas.

Casi al mismo tiempo, el padre de Andrés cerró su taller.

Había pedido un préstamo para mantenerlo abierto y su hijo había firmado como aval. Cuando el dinero dejó de entrar, la deuda llegó hasta la mesa donde Elena y Andrés desayunaban.

Al principio hablaron de una mala temporada.

Después empezaron a hablar de fechas.

El vencimiento de una cuota. La renta. El último día para pagar una factura sin recargo.

Andrés aceptó trabajos pequeños. Hacía planos para otros despachos, revisaba presupuestos y regresaba a casa demasiado cansado para contar cómo le había ido.

Elena también trabajaba, en una galería, pero su sueldo no alcanzaba para tapar aquellos agujeros.

Tenía razones para estar asustada.

Lo que la fue alejando no fue solo la falta de dinero. Fue que él dejó de contarle cosas para no preocuparla y ella empezó a interpretar cada silencio como una prueba de que nunca saldrían de allí.

Una noche lo encontró dormido frente a la computadora.

Había dos platos en la cocina. Andrés había calentado la cena y esperado hasta que se le cerraron los ojos.

Elena lo despertó para preguntarle por una notificación del banco.

Más tarde recordaría eso también.

Víctor apareció en una inauguración de la galería.

Era un empresario de cincuenta y seis años, acostumbrado a reservar mesas sin preguntar precios y a resolver los inconvenientes llamando a la persona adecuada.

Con él, todo parecía fácil.

No hablaba de cuotas, sino de viajes. No decía que quizá el próximo mes, sino que podía enviar el coche a recogerla.

Sabía escuchar cuando Elena se quejaba, aunque casi siempre acababa explicándole cómo habría evitado él los errores de Andrés.

—Hay gente que tiene talento —decía—. Y gente que sabe hacerse cargo de la vida.

Ella empezó a repetir esa distinción en su cabeza.

Cuando le pidió el divorcio a su marido, llevaban menos de un año casados.

Andrés permaneció un rato sentado, con las manos sobre las rodillas.

—¿Hay alguien más?

Elena no respondió enseguida.

Él asintió, como si aquella demora hubiera bastado.

—Yo no puedo seguir viviendo así —dijo ella.

Andrés miró los papeles que ocupaban la mesa.

—Yo tampoco quiero vivir así, Elena.

Él hablaba de las deudas.

Ella ya hablaba de irse.

Los primeros meses con Víctor fueron un descanso que Elena confundió con felicidad.

Dejó de sumar el precio de las cosas antes de comprarlas. Cambió su guardarropa. Viajó. Se acostumbró a dormir en una habitación donde las cortinas se abrían pulsando un botón.

Las primeras humillaciones llegaron envueltas en bromas.

Una noche, delante de unos invitados, Víctor le quitó suavemente la copa de la mano mientras ella contaba una anécdota.

—No la animen mucho. Luego cree que sabe de todo.

Algunos se rieron.

Elena también, un segundo más tarde.

Después le pidió que no volviera a hablarle así.

—No seas susceptible —contestó él—. Me haces quedar mal cuando te pones de ese modo.

Pronto hubo comentarios sobre su ropa, sus amigas, la manera en que pronunciaba una palabra. Si opinaba sobre dinero, él recordaba cuánto había puesto cada uno. Si quería trabajar más horas en la galería, preguntaba para qué necesitaba aquel sueldo.

Había regalos, fines de semana agradables, días en que Víctor podía ser atento. Elena se aferraba a ellos para explicarse los otros.

Además, le avergonzaba admitir que había abandonado una casa preocupada por el dinero para vivir en otra donde el dinero aparecía en cada discusión.

Fue dejando de llamar a sus amigas.

No quería mentirles.

Tampoco quería que acertaran.

Habían pasado dos años desde el divorcio cuando Julia consiguió que aceptara tomar un café.

Se conocían desde la universidad. Antes podían pasar una tarde entera hablando; últimamente intercambiaban mensajes breves y promesas de verse.

Julia había insistido esta vez.

Necesito contarte algo en persona.

Elena imaginó un cambio de trabajo, una enfermedad en la familia, cualquier noticia que no tuviera que ver con Andrés.

Pero su amiga mencionó su nombre.

Él estaba bien. Había conseguido recuperar clientes y abrir un despacho más pequeño, sin socios.

Y había recibido una herencia.

Una tía abuela, sin hijos, lo había nombrado heredero de un patrimonio que casi nadie en la familia conocía por completo: varios inmuebles, inversiones, una cantidad de dinero que volvía insignificantes aquellas cuotas sobre las que antes discutían.

Elena sintió calor en la cara.

Por un instante volvió a verse en el departamento, sentada en el suelo, mirando a Andrés dibujar una mesa en un recibo.

Después imaginó algo distinto.

Podría escribirle.

Preguntarle cómo estaba, felicitarlo, proponerle un café. Tal vez él también pensara algunas veces en ellos. Tal vez ciertas cosas no estuvieran terminadas del todo, sino abandonadas en un punto al que aún era posible regresar.

Entonces preguntó cuánto.

Y después, si seguía viviendo solo.

Julia dejó la taza sobre el plato.

—No.

Elena esperó.

—Estamos juntos.

La camarera se acercó para retirar una servilleta. Julia le indicó que no necesitaban nada.

—Vamos a casarnos en septiembre.

Elena miró la mano de su amiga. Había un anillo que no había advertido hasta entonces.

No era grande.

Le molestó fijarse en eso.

—¿Desde cuándo?

—Llevamos diez meses.

—¿Antes o después de la herencia?

Julia retiró la mano de la mesa.

Elena quiso recoger la pregunta, devolverla al lugar de donde había salido. Ya era tarde.

—Antes —respondió su amiga—. Nos comprometimos antes.

Se habían encontrado en el cumpleaños de un amigo común. Hablaron aquella noche, volvieron a verse semanas después. Al principio ninguno había sabido qué hacer con lo que estaba ocurriendo.

Julia no lo contó como una historia extraordinaria.

Eso lo hizo más difícil de escuchar.

Habían ido al cine. Cocinado juntos. Discutido una vez porque Andrés seguía trabajando hasta muy tarde y se olvidaba de avisar.

Elena reconocía a ese hombre.

También comprendió, mientras escuchaba, que había seguido existiendo sin ella.

No se había quedado detenido junto a las deudas, esperando a que su antigua esposa reconsiderara lo ocurrido. Había trabajado, conocido otros días, encontrado a alguien con quien hacer planes.

—Debí decírtelo antes —admitió Julia—. No supe cómo. Y después, cuanto más tiempo pasaba, peor lo hacía.

Elena miró por la ventana.

Una mujer intentaba cerrar un cochecito de bebé. Un repartidor esperaba junto a su bicicleta. Todo seguía sucediendo con una normalidad que le resultó insoportable.

—No sé qué quieres que te diga.

—No tienes que decirme nada ahora.

Durante unos segundos, Elena quiso preguntarle si Andrés hablaba de ella.

No lo hizo.

Temía una respuesta amable más que una cruel.

Cuando se despidieron, Julia no intentó abrazarla.

Elena agradeció aquella delicadeza, aunque todavía no pudiera demostrarlo.

Caminó varias calles sin rumbo. El teléfono vibró dentro del bolso.

Víctor preguntaba dónde estaba.

Había invitados aquella noche. Le recordó qué vestido debía ponerse y añadió que procurara no llegar con esa cara larga que últimamente llevaba a todas partes.

Elena leyó el mensaje dos veces.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.