María del Mar estaba convencida de que ninguna oportunidad era irrepetible. Aquella certeza le había evitado algunas lágrimas. También le había enseñado a mirar lo que venía sin prestar demasiada atención a lo que se iba.
Lo primero que María del Mar quiso saber de Arturo fue si el local de la farmacia era suyo.
Su amiga Amparo acababa de señalarlo desde la terraza de un café. Él estaba en la otra acera, intentando abrir un paraguas que se resistía.
—Es un buen hombre —dijo Amparo.
—¿Y el local?
—También. El local también es suyo.
María del Mar miró los dos escaparates, la entrada de mármol, los balcones del piso superior.
Entonces Arturo consiguió abrir el paraguas. Una de las varillas había quedado vuelta hacia arriba, y él la contempló con una expresión de derrota tan cómica que las dos mujeres se rieron.
Al oír su nombre, cruzó la calle.
María del Mar le hizo sitio.
Desde joven tenía una frase para despedirse de las ocasiones perdidas:
—No importa que pase el tren. Ya vendrá otro.
La decía cuando rechazaba un empleo esperando una oferta mejor, cuando dejaba enfriar una amistad o cuando un hombre se cansaba de pedirle que decidiera qué quería.
También se lo dijo en dos ocasiones a aquel chico que temblaba cuando la veía mientras a ella le atravesaba una brasa.
La frase sonaba alegre en su boca. Sus amigas la repetían, admiradas de aquella facilidad para seguir adelante sin volverse demasiado.
Pero con los años había empezado a usarla antes de perder las cosas.
Le servía para no elegir.
Para dejar una respuesta pendiente, aplazar una conversación o suponer que alguien más paciente, más generoso, más conveniente acabaría llegando.
María del Mar trabajaba, pagaba sus cuentas y se había construido una vida razonablemente cómoda. Sin embargo, seguía recordando las tardes de su infancia en que su madre abría sobres en la cocina y después permanecía mucho tiempo sin hablar.
No quería volver a sentir aquel miedo.
La farmacia de Arturo le pareció un lugar donde nunca tendría que sentirlo.
Él empezó a llamarla al salir del trabajo.
Al principio conversaban unos minutos. Después la cena se les enfriaba mientras seguían al teléfono.
Arturo tenía una manera tranquila de interesarse por las cosas. Si María del Mar mencionaba un problema el lunes, el jueves preguntaba cómo había terminado. No buscaba impresionar. A veces podía pasarse demasiado tiempo explicando una reparación que necesitaba el local o una discusión con un proveedor.
A veces lo perdía en largos ratos de parsimonia y en una colección de películas que defendía como si las hubiera dirigido.
A ella le gustaba hacerlo reír.
Pocas veces lo conseguía. Eso la hería, era com mirar al espejo de su propia alma y sentir la herida aún ardiente.
Hubo paseos agradables, comidas que se prolongaron hasta la tarde, una ocasión en que la lluvia los sorprendió lejos del coche y llegaron empapados, riéndose de algo que después ninguno consiguió recordar.
Pero incluso entonces María del Mar llevaba otra conversación por dentro.
Arturo era dueño del negocio y del inmueble. No tenía socios. El piso superior estaba vacío desde que él se había mudado a un departamento más pequeño.
Ella empezó a imaginarse allí.
Cambiaría las ventanas. Abriría la cocina. Mandaría retirar aquel letrero antiguo y pondría otro, más elegante.
Todavía no habían hablado de vivir juntos cuando María del Mar ya sabía dónde colocaría sus muebles.
Arturo tardó en darse cuenta.
Estaba enamorado, y cuando alguien se enamora suele agradecer la atención antes de preguntarse hacia dónde se dirige.
A él le gustaba que ella se interesara por la farmacia.
Le enseñó el almacén, los libros de cuentas antiguos, una fotografía del día en que abrió. Aparecía junto a su padre, que había ido temprano para ayudarlo y terminó quedándose toda la mañana, orgulloso, fingiendo que hacía falta ordenar algo.
María del Mar miró la fotografía.
Después preguntó cuánto había costado el local.
Arturo respondió.
No era una pregunta imperdonable.
Tampoco lo fueron, por separado, las otras: cuánto ingresaba el negocio, si tenía deudas, cuánto podría obtener si alguna vez decidía vender.
Lo que empezó a inquietarlo fue que ella recordaba todas esas respuestas.
En cambio, olvidaba todo lo demás.
Que estaba preocupado por una operación de su hermana.
Que quería reducir el horario porque llegaba a casa sin ganas de hacer nada.
Que llevaba años deseando pasar una temporada en Formentera.
—Allí también podrías abrir algo —comentó ella.
Arturo la miró.
—Te estoy diciendo que quiero trabajar menos.
María del Mar sonrió y cambió de tema.
A los cinco meses le pidió que pusiera el local a su nombre.
No lo dijo de golpe. Llevó la conversación hacia el futuro, hacia la confianza, hacia lo importante que era para una mujer sentirse protegida antes de cambiar de vida.
Arturo la escuchó sentado detrás del mostrador. La farmacia acababa de cerrar.
—¿Y por qué tendría que darte el local? —preguntó.
A ella le molestó la palabra.
“Darte” hacía que todo pareciera demasiado evidente.
—No me gusta cómo lo planteas. Estoy hablando de nosotros.
—Yo también quisiera hablar de nosotros.
María del Mar se quitó un hilo de la manga.
—Si vamos en serio, tendría que haber alguna garantía.
Arturo permaneció callado.
Hasta entonces había querido creer que aquellas preguntas nacían del miedo, que bastaría con darle tiempo para que comprendiera que no pensaba abandonarla.
Ahora la escuchaba hablar de garantías y se preguntaba cuánto de lo que habían compartido existiría si él fuera un empleado, si pagara un alquiler, si la farmacia llevara el apellido de otro.
—¿Tú quieres vivir conmigo? —preguntó.
—Por supuesto.
—Entonces, ¿por qué acabamos siempre hablando de lo que tengo que ponerte a tu nombre?
María del Mar sintió que la estaban acusando.
Le dijo que era injusto. Que él no entendía lo que significaba empezar una vida en común. Que no podía pedirle confianza mientras se reservaba todo.
Arturo no discutió cada argumento.
Había llegado a una conclusión que le dolía demasiado para convertirla en una pelea.
—No quiero seguir —dijo.
Ella tardó unos segundos en comprender que hablaba en serio.
Durante las primeras semanas esperó que llamara.
No por arrepentimiento. Estaba convencida de que Arturo acabaría echándola de menos lo suficiente como para reconsiderar su negativa.
Cada vez que sonaba el teléfono, miraba la pantalla antes de responder.
Él no llamó.
Una tarde, Amparo le preguntó si estaba triste.
—¿Por qué? —contestó María del Mar—. No importa que pase el tren. Ya vendrá otro.
Lo dijo casi riendo.
Su amiga no se rio.
Vinieron años distintos.
María del Mar cambió de trabajo, viajó, tuvo otras citas. Hubo hombres que no le gustaron y otros a quienes les gustó menos de lo que ella esperaba. Algunas historias apenas empezaron; otras terminaron sin dejar demasiado que recordar.
Su vida tuvo cumpleaños concurridos, buenas noticias, domingos agradables.
No se quedó inmóvil frente a una puerta cerrada.
Pero seguía reservando una parte de sí para aquella oportunidad definitiva que debía llegar mejor que las anteriores: sin dificultades, sin incertidumbre, sin nada importante que arriesgar.
La frase perdió ligereza.
Empezó a decirla solo cuando alguien preguntaba demasiado.
Después dejó de ser necesario decirla en voz alta.
Muchos años más tarde entró de nuevo en la farmacia.
Habían cambiado el mostrador y las lámparas. El letrero antiguo ya no estaba.
Preguntó por Arturo.
La mujer que la atendió le explicó que se había jubilado y vendido el negocio. Vivía en otra ciudad.
—¿Hace mucho?
—Unos cuantos años.
María del Mar recorrió el local con la mirada.
No quedaba ninguna fotografía sobre las paredes.
—¿Lo conocía? —preguntó la mujer.
—Sí. Hace tiempo.
Compró algo que no necesitaba para no haber entrado únicamente a preguntar y salió con una bolsa pequeña entre los dedos.
Al pasar frente al café recordó a Arturo luchando con el paraguas.
No recordó cuánto le había dicho Amparo que valía la farmacia.
Recordó la varilla torcida.
La manera en que él se había reído de sí mismo al llegar a la mesa.
Se sentó en la terraza.
Por primera vez en mucho tiempo quiso saber cómo estaba, qué hacía al despertar, si por fin había conseguido vivir cerca del mar.
Eran preguntas que llegaban tarde a una conversación que ella misma había interrumpido.
De la última tarde juntos conservaba una imagen muy precisa.
Después de discutir, había salido de la farmacia y se había detenido al otro lado de la calle para llamar a Amparo. Mientras hablaba, miraba los escaparates.
Pensaba en lo bien situada que estaba la esquina.
En lo difícil que sería encontrar otro negocio parecido.
En que Arturo acabaría comprendiendo.
Él salió unos minutos después por la puerta lateral. Cerró con llave, se guardó las manos en los bolsillos y se quedó un instante bajo el toldo.
María del Mar no lo miró.
Estaba diciendo que ya vendría otro.
Cuando levantó la cabeza, solo quedaba la farmacia.
Así había pasado el último tren.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.
