Durante años supo qué hacer ante la soledad de los demás. La suya tenía una mecedora, un árbol y las tardes enteras por delante.
La silla de las visitas era lo último que Matilde limpiaba cada tarde.
Después doblaba el paño, lo dejaba encima y se sentaba en su mecedora de madera, bajo el techo del porche.
Desde allí veía el jardín completo: el árbol que había plantado, las flores junto a la cerca, la vereda de ladrillos que llegaba hasta la calle. La verja se abría sin esfuerzo. Matilde engrasaba las bisagras para que nadie tuviera que luchar con ella.
Le gustaba pensar que, si alguien llegaba cansado, encontraría dónde sentarse.
Nadie llegaba.
Había empezado a visitar gente cuando tenía diecisiete años.
Su madre la mandó una tarde a llevarle comida a una vecina que acababa de enviudar. Matilde dejó la olla en la cocina y estaba a punto de marcharse cuando la mujer preguntó:
—¿Tienes mucha prisa?
Recordaría aquella pregunta durante toda su vida. Sobre todo, la manera en que la vecina había bajado los ojos después de hacerla, como si hubiera pedido demasiado.
Matilde dijo que no.
Se sentaron junto a una ventana. Al principio hablaron del tiempo y de la comida. Después, la mujer le contó cómo había conocido a su marido: en una boda a la que él había ido con unos zapatos prestados, dos números más pequeños.
Cuando terminaba una pieza, necesitaba sentarse.
Ella creyó que no quería bailar con ella.
Matilde se rio. La viuda también.
Al volver a casa, su madre le preguntó por qué había tardado tanto.
—Me quedé un rato.
La semana siguiente regresó sin que nadie la mandara.
Con los años fue aprendiendo dónde hacía falta una visita.
En la casa del hombre que había perdido la vista y mantenía encendida la radio incluso mientras dormía. En la de una costurera que ya no podía subir las escaleras. En el cuarto donde una antigua compañera de trabajo pasaba los meses esperando una operación.
Matilde trabajaba en una mercería. Algunas tardes salía cansada y pensaba que aquel día iría directamente a casa. Luego recordaba a alguien y cambiaba de calle.
No siempre llevaba comida o flores.
A veces llevaba una pregunta que había quedado pendiente.
—¿Y al final qué pasó con aquel vestido?
O una noticia pequeña del barrio, suficientemente larga para quitarse el abrigo antes de contarla.
Sabía escuchar las historias repetidas. También sabía discutir. Si alguien quería pasar toda la tarde quejándose de un vecino, Matilde acababa defendiendo al vecino, aunque no lo conociera.
—Alguna cosa hará bien ese hombre.
Entonces discutían un poco y el dueño de la casa recuperaba el gusto por argumentar.
Muchas veces se marchaba de mejor humor que cuando había llegado.
Le prestaban libros, le enseñaban recetas, le daban consejos que ella no había pedido. Una mujer le arregló durante años los bajos de las faldas sin aceptar dinero.
Matilde no llevaba cuenta de nada.
Al salir, solían acompañarla hasta donde podían: la puerta, el pasillo, el borde de una cama.
—Vuelve cuando tengas un rato.
Y ella volvía.
Compró la casa del porche cuando todavía podía agacharse sin pensarlo.
Era pequeña, con dos habitaciones y una cocina que recibía el sol por la mañana. El jardín, en cambio, estaba pelado. Había tierra endurecida, algunas piedras y una mata que nadie supo decirle cómo se llamaba.
Matilde plantó un ciruelo.
Durante el primer invierno lo sostuvo con una vara y una tira de tela. Cada vez que soplaba viento fuerte salía a comprobar que siguiera derecho.
Alrededor fue poniendo flores: margaritas, geranios, algunas plantas que daban semillas y que dejaba secar sin cortar.
Quería atraer a los pájaros.
Colocó un recipiente bajo con agua y aprendió a quedarse quieta cuando alguno se acercaba. Al principio bastaba que moviera un pie para que todos levantaran el vuelo.
Después se acostumbraron a ella.
Los gorriones bajaban a bañarse. Algún mirlo se disputaba las ciruelas más altas. Matilde recogía las que estaban a su alcance y dejaba las otras.
—Esas ya tienen dueño —murmuraba.
La mecedora había pertenecido a su madre. Uno de los brazos estaba más pulido que el otro, gastado por años de manos apoyadas en el mismo sitio.
Cuando regresaba de sus visitas, se sentaba allí a descansar.
Más adelante empezó a quedarse toda la tarde.
Las personas a las que visitaba fueron desapareciendo.
Algunas murieron. Otras se mudaron con sus hijos, lejos del barrio. Una casa se vendió. Otra fue derribada. En el lugar donde vivía la costurera abrieron una oficina con una puerta sin una sola ventana.
También las piernas de Matilde empezaron a poner condiciones.
Llegó un tiempo en que ir hasta la tienda y regresar exigía una pausa en el camino.
Los vecinos la saludaban al pasar.
—Tenemos que venir un día a tomar café.
—Cuando quieran —respondía ella.
Lo decía en serio.
Había café en la alacena y una caja de galletas que renovaba antes de que se pusieran blandas.
A veces oía detenerse unos pasos junto a la verja y levantaba la cabeza. Casi siempre era alguien buscando una dirección o contestando el teléfono.
Después los pasos continuaban.
Matilde volvía a su libro.
No había dejado de gustarle estar sola. Disfrutaba del jardín, de leer sin interrupciones, de cenar a la hora que le apeteciera.
Pero algunas tardes le habría gustado que alguien interrumpiera algo.
Tener que levantarse porque llegaba una visita. Buscar otra taza. Escuchar una opinión distinta sobre la lluvia.
Le habría gustado, incluso, que alguien se quedara demasiado.
Aquella tarde comenzó como cualquier otra.
Matilde lavó el plato del almuerzo, cambió el agua de los pájaros y recogió dos hojas secas que habían caído sobre los geranios.
El ciruelo daba ya una sombra ancha.
Al pasar junto al tronco apoyó una mano en la corteza. Le costaba recordar que alguna vez hubiera cabido entero dentro de una bolsa.
Después limpió la silla de las visitas.
Se sentó en la mecedora con un libro sobre las rodillas. Leyó unas líneas, volvió al principio y descubrió que no sabía qué acababa de leer.
El aire estaba tibio.
Desde la calle llegaba, muy lejos, el ruido de una escoba.
Matilde dejó un dedo entre las páginas para no perder el lugar y cerró los ojos.
La mecedora siguió moviéndose un poco.
Luego quedó quieta.
El primer pájaro se posó en la cerca.
Era un gorrión pequeño, de pecho claro, que inclinó la cabeza hacia el porche como si estuviera comprobando algo.
Después llegó otro.
Y otro.
Bajaban de los tejados, aparecían entre las ramas, cruzaban el jardín en vuelos breves. Algunos se detenían junto al agua; otros ocupaban el borde de las macetas.
Pronto hubo pájaros en el ciruelo, sobre la verja, bajo el alero.
Nunca se habían reunido tantos.
Cantaban sin ahogarse unos a otros. Un trino comenzaba cerca del suelo y encontraba respuesta en las ramas altas. Las alas rozaban el aire sobre la mecedora.
Matilde siguió dormida.
Fue entonces cuando empezó el olor a rosas.
Llegó primero al porche, suave, como si alguien hubiera dejado un ramo junto a la puerta.
Pero allí no había ningún ramo.
En el jardín crecían geranios y margaritas. El ciruelo había terminado de florecer semanas antes.
El perfume se hizo más intenso.
Entró en la cocina, pasó junto a las tazas guardadas, alcanzó el pasillo y las habitaciones. Parecía quedarse en las cortinas, en la ropa doblada, en la madera antigua.
Todo el jardín olía a rosas.
Entre sueños, Matilde creyó oír una conversación.
No entendía las palabras, pero conocía las voces.
Una mujer se reía de algo. Un hombre protestaba porque nadie lo dejaba terminar una historia. Alguien preguntó dónde podía poner el abrigo.
Le pareció que debía levantarse.
Habría que preparar café. Buscar platos. Ver si alcanzaban las sillas.
Entonces oyó, muy cerca, una pregunta que llevaba guardada desde los diecisiete años:
—¿Tienes mucha prisa?
Matilde sonrió dormida.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.
