Después de la cena


Cada noche ocupaban las mismas dos sillas frente al Mediterráneo. Ella sabía que él era viudo. Todavía no sabía cuánto había quedado fuera de aquella palabra.

Se conocieron por culpa del pianista.

Marta había elegido una mesa cerca de la ventana, sin advertir que estaba también junto al piano. A la tercera canción decidió terminar su copa en otra parte.

Eduardo la encontró en la terraza, buscando una silla que no estuviera mojada por la humedad.

—Dentro quedan muchas —dijo.

—También queda el pianista.

Él sonrió.

Apartó una silla bajo el toldo y pasó una servilleta por el asiento antes de ofrecérsela.

Hablaron unos minutos del barco, del calor que había hecho en Barcelona, de lo fácil que resultaba perderse buscando un camarote.

Después se preguntaron si viajaban solos.

Marta llevaba cuatro años divorciada.

Eduardo había enviudado hacía tres.

Ella tenía sesenta y uno. Él, sesenta y seis.

Lo dijeron sin detenerse demasiado, como quien entrega un documento necesario para continuar una conversación.

Al despedirse, no quedaron en encontrarse de nuevo.

La noche siguiente, sin embargo, Marta lo buscó con la mirada al salir del comedor.

Eduardo estaba junto a la ventana.

Tenía dos servilletas en la mano.

Durante el día hacían planes distintos.

Ella bajaba a caminar por las ciudades, entraba en iglesias para descansar del calor y compraba postales que probablemente nunca enviaría. Él prefería las visitas al puerto, los mercados, sentarse en un café donde pudiera observar a la gente sin que nadie le explicara lo que estaba viendo.

Por las noches se contaban sus pequeñas aventuras.

Marta había pagado demasiado por unos higos.

Eduardo se había perdido siguiendo a un grupo de turistas que no pertenecía a su barco.

Ella descubrió que él tomaba fotografías torcidas. Él, que Marta fingía entender las cartas de los restaurantes y acababa señalando el plato de otra mesa.

Se reían con facilidad.

Aquello los sorprendía.

No porque hubieran dejado de reír durante los últimos años, sino porque hacía tiempo que ninguno esperaba el final del día para contar algo.

A la cuarta noche ya no hablaron solo de lo que habían visitado.

Marta contó que, antes de divorciarse, había alquilado un departamento sin decírselo a nadie.

—Fui a medir una pared para poner un librero —dijo—. No había muebles. Me senté en el suelo y me quedé hasta que oscureció.

Eduardo la escuchaba.

—Me di cuenta de que no quería volver a casa. Ni siquiera para cenar.

No hubo una gran discusión aquella noche. Las discusiones habían ocurrido antes, durante años, hasta convertirse en una manera fatigosa de convivir.

Su marido no era un monstruo. Tampoco ella había sido siempre justa.

Pero a veces se descubrían hablando de cualquier cosa con más interés que el que les despertaba la persona sentada enfrente.

—Lo difícil fue decírselo —añadió Marta—. Después también hubo días difíciles. Pero eran distintos.

Eduardo asintió.

No le preguntó si se arrepentía.

Ella agradeció que no lo hiciera.

La sexta noche, el barco navegaba frente a las costas de Sicilia.

Había viento. Un camarero les llevó una manta que Marta se echó sobre las rodillas.

Eduardo tardaba en terminar su copa.

—¿Viajabas mucho con tu mujer? —preguntó ella.

—Al principio. Después siempre había algo.

Marta sonrió apenas.

Conocía aquella clase de aplazamientos.

—¿Cuántos años estuvieron juntos?

—Treinta y siete.

Él giró la copa entre las manos.

—Aunque nos separamos antes de que muriera.

Marta no respondió enseguida.

—No sabía.

—Casi nadie lo sabe.

Habían empezado a vivir como dos personas que compartían una dirección y evitaban ciertas conversaciones. Celia quería hablar de lo que les ocurría; Eduardo encontraba un arreglo pendiente, una noticia en la televisión, una razón para posponerlo.

Hasta que ella dejó de insistir.

Una tarde dijo que quería separarse.

Eduardo, herido, le respondió con una serenidad de la que después se avergonzaría.

—Le dije que hiciera lo que quisiera.

Celia se marchó.

Al poco tiempo, él supo que vivía con otro hombre.

Durante meses utilizó ese dato para no pensar en nada más.

Volvió en noviembre.

Eduardo estaba preparando la cena cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie y tardó en llegar a la puerta.

Celia tenía las gafas de sol puestas, aunque ya había oscurecido. Llevaba una bolsa de ropa y sostenía el bolso contra el cuerpo.

—¿Puedo pasar?

Él recordaría después muchas cosas de aquel momento: una de las asas de la bolsa estaba rota, hacía frío, ella se había cortado el pelo.

Al quitarse las gafas dejó al descubierto el golpe.

Eduardo se apartó de la puerta.

Celia entró y permaneció de pie en el recibidor, como si tampoco ella supiera qué derecho tenía todavía a sentarse.

—Le acerqué una silla —contó él—. Y fui a buscar agua. Necesitaba hacer algo con las manos.

El hombre con quien vivía la había agredido.

Además, unas semanas antes le habían diagnosticado un cáncer avanzado.

Celia sacó del bolso una carpeta con informes médicos. Los puso sobre la mesa sin abrirlos.

—Aquello fue lo que más miedo me dio —dijo Eduardo—. Que ella, que siempre tenía algo que explicar, no supiera por dónde empezar.

La acompañó al hospital esa misma noche.

Después regresaron a casa.

La bolsa quedó junto a la cama del cuarto de invitados.

Marta se acomodó la manta.

—¿Le dijiste que podía quedarse?

—Le pregunté si quería llamar a su hermana. Me dijo que sí. Después cambié las sábanas.

No hubo una conversación solemne. Eduardo no pronunció ninguna frase que, años más tarde, pudiera repetir con orgullo.

Buscó una funda limpia. Comprobó que funcionara la lámpara. Dejó un vaso de agua sobre la mesa de noche.

Todavía estaba dolido.

También estaba asustado.

Y debajo de todo, en un lugar que no quería mirar demasiado, sintió alivio al oírla caminar otra vez por el pasillo.

—¿Volvieron a estar juntos? —preguntó Marta.

Eduardo tardó en responder.

—Volvimos a vivir en la misma casa.

Durante los primeros días hablaron casi exclusivamente de consultas, medicamentos y horarios.

La hermana de Celia iba algunas tardes. Más adelante recibieron ayuda de una enfermera. Eduardo aprendió a preparar comidas que ella pudiera tolerar y a distinguir cuándo quería compañía y cuándo necesitaba que la dejaran en paz.

No siempre acertaba.

Celia se enfadaba si le preguntaban demasiado cómo se encontraba. Algunos días quería escuchar la radio a un volumen que a él le parecía excesivo. Otros no soportaba ningún ruido.

Seguía siendo ella.

Eso lo consolaba y lo agotaba a la vez.

—Hubo noches en que bajé a caminar porque estaba de mal humor —admitió—. Luego me sentía miserable por haberme enfadado.

Marta lo miró sin interrumpir.

—Una vez me dijo que no tenía que hablarle siempre tan despacio. Que estaba enferma, no se había vuelto tonta.

Eduardo sonrió.

Era la primera vez que sonreía desde que había empezado a contar la historia.

Una tarde, mientras él guardaba ropa en el armario, Celia le pidió perdón por la manera en que se había marchado.

Eduardo se quedó con una toalla entre las manos.

Había imaginado muchas veces aquella disculpa durante los meses en que estuvo solo. En sus pensamientos, siempre sabía responder. Decía cosas precisas, difíciles de olvidar.

Ahora no le salió ninguna.

—Le dije que yo también había hecho cosas mal.

Marta observó cómo él alisaba con el pulgar el borde de una servilleta.

—¿Eso los arregló?

—No. Nos permitió hablar.

Hablaron de los últimos años. De lo que cada uno había esperado en silencio. De las ocasiones en que alguno pudo haberse acercado y prefirió tener razón.

No resolvieron todo.

Celia se cansaba. A veces había que dejar una conversación a medias y luego resultaba difícil retomarla. También había días en que preferían ver una película o discutir sobre si era necesario cambiar las cortinas.

Eduardo le contó que una mañana volvió del mercado con unas mandarinas.

Ella peló una y dejó la mitad sobre el plato de él, sin preguntarle si quería.

Era un gesto que había hecho durante treinta años.

—Me puse a llorar —dijo—. Ahí mismo, en la cocina. Ella no me pidió que dejara de hacerlo.

Murió a comienzos del verano.

Hasta el final durmieron en habitaciones distintas.

El camarero pasó a preguntar si deseaban algo más.

Eduardo negó con la cabeza.

Marta pidió agua.

Necesitaban que alguien dejara un vaso sobre la mesa, que ocurriera una cosa pequeña antes de seguir hablando.

—Hay gente que me ha dicho que fui muy bueno —añadió él después—. No saben todo lo que pensé. Ni las veces que estuve enfadado.

—Los pensamientos no los sabemos de casi nadie.

Eduardo la miró.

Ella no estaba intentando absolverlo ni convertirlo en un hombre admirable.

Escuchaba.

Eso le permitió decir algo que nunca había encontrado cómo explicar:

—Una parte de mí quería que hubiera vuelto porque me extrañaba. Me avergonzaba querer eso en aquellas circunstancias.

Marta sostuvo el vaso entre las manos.

—Estabas herido.

—Sí.

Permanecieron en silencio.

A cierta distancia se distinguían las luces de la costa. Desde el interior del barco llegaban los aplausos de algún espectáculo.

—Yo no sé qué habría hecho —dijo ella finalmente.

Eduardo respiró hondo.

—Yo tampoco lo sabía antes de abrir.

La mañana siguiente coincidieron en el desayuno.

Marta le apartó una silla.

No le preguntó cómo se sentía después de haber contado aquello. Le enseñó, en cambio, la fotografía de una fuente que había tomado el día anterior.

—Dime que no está torcida.

Eduardo la examinó con gravedad.

—La fuente parece a punto de vaciarse por un lado.

Ella le dio un golpe suave en el brazo.

Él se rio.

Más tarde bajaron juntos a tierra.

Caminaron sin un itinerario, se detuvieron en una plaza y discutieron amistosamente sobre dónde almorzar. Eduardo contó una historia de su infancia. Marta le habló de una hermana con la que podía discutir por teléfono durante una hora y volver a llamar diez minutos después.

Celia siguió apareciendo alguna vez en la conversación.

También el antiguo marido de Marta.

Ninguno tenía que fingir que había llegado hasta aquel viaje sin haber vivido antes.

La última noche volvieron a ocupar sus sillas frente al mar.

Las maletas estaban ya cerradas en los camarotes. A la mañana siguiente desembarcarían en Barcelona.

Marta había empezado a hablar de los horarios cuando Eduardo la interrumpió.

—Me gustaría seguir viéndote.

Ella dejó de doblar la servilleta.

Había esperado aquellas palabras. Otras veces las había temido.

Ahora le parecieron sencillas.

—A mí también.

Eduardo sonrió, pero no apartó los ojos.

—Podríamos cenar mañana. Antes de que vuelvas a casa.

Marta pensó en el billete de tren que llevaba en el bolso. Salía por la tarde. Podía cambiarlo.

Sacó el teléfono.

—Con una condición.

—Dime.

—Esta vez el restaurante lo elijo yo.

Desde el salón llegó el comienzo de otra canción.

Eduardo inclinó la cabeza hacia la música.

—Y sin pianista.

Marta se rio mientras buscaba un tren para el día siguiente.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.