Una mujer compra un libro usado y encuentra una despedida fechada en 1987.
La carta había pasado casi cuarenta años entre dos páginas. Clara la encontró porque el libro se le cayó al suelo.
Lo había comprado aquella mañana en una librería de segunda mano, después de entrar a resguardarse de la lluvia. Era una novela de tapas verdes, con el lomo vencido y el nombre de un propietario escrito en la primera página: Ernesto Varela, 1984.
Al recogerlo, vio el sobre.
No tenía estampilla ni dirección. Solo un nombre, trazado con una letra más cuidadosa que la del libro:
Lucía.
Clara lo sostuvo un momento. Estaba abierto. Dentro había una hoja doblada en cuatro, amarillenta en los pliegues.
Pensó que no debía leerla.
Después vio la fecha.
23 de abril de 1987.
Se sentó en el borde del sofá.
Lucía:
Me he ido y no voy a regresar.
Esta mañana me preguntaste si llegaría a comer y te dije que sí. Ahora no puedo dejar de pensar en eso.
No estamos bien desde hace tiempo. Tú lo sabes. He preferido irme porque ya no sé estar contigo sin hacerte daño, aunque supongo que marcharme de esta manera tampoco tiene perdón.
Si alguna vez necesitas encontrarme, estaré aquí, en San Jerónimo, frente a la estación vieja. La casa sigue teniendo el número catorce. Hay que empujar la puerta porque se hincha con la humedad.
No tienes que contestarme.
No sé qué más decirte.
Ernesto.
Clara volvió a leerla.
Le sorprendió que una despedida pudiera contener instrucciones tan precisas para encontrar a quien se marchaba. El número de una casa. Una estación. Una puerta que se resistía a abrir.
También le sorprendió aquella frase sobre la comida.
Imaginó a Lucía poniendo dos platos, esperando primero con hambre, después con fastidio, más tarde con miedo.
El sobre no llevaba señales de haber pasado por el correo.
Clara lo acercó a la lámpara, como si la luz pudiera ayudarla a averiguar lo que había ocurrido.
San Jerónimo estaba a menos de una hora de la ciudad.
Clara lo buscó en un mapa esa misma noche. La estación aparecía en unas fotografías recientes: un edificio bajo, cerrado, con hierba entre los restos de las vías.
Podía devolver la carta al librero. Podía dejarla dentro de la novela, donde la había encontrado. Podía aceptar que no le correspondía saber más.
Durante varios días hizo precisamente eso.
Pero cada vez que veía el libro sobre la mesa recordaba a una mujer preguntando si su marido llegaría a comer.
El sábado metió la novela en el bolso y salió.
La estación seguía allí.
Enfrente había tres casas. Una tenía una antena torcida; otra, las ventanas tapiadas. En la tercera, junto a una puerta de madera, Clara distinguió un número catorce pintado sobre un azulejo.
Llamó.
Esperó.
Estaba a punto de volver al coche cuando oyó que alguien arrastraba los pies al otro lado.
La puerta se abrió apenas.
—¿Busca a alguien?
El hombre llevaba un suéter oscuro y unas zapatillas deformadas en los talones. Tenía el cabello blanco, muy fino, y sujetaba la puerta con una mano.
—A Ernesto Varela.
Él la miró con desconfianza.
—Soy yo.
Clara sacó el libro.
—Lo compré hace unos días. Su nombre está en la primera página.
El anciano lo reconoció antes de que ella se lo acercara.
—Vendí unos cuantos en la ciudad. Ya no alcanzo a leer esa letra.
Pasó el pulgar por el lomo, deteniéndose donde la tela empezaba a desprenderse.
Clara llevaba el sobre entre las páginas. Había pensado entregárselo, explicarle dónde lo había encontrado y marcharse.
Pero entonces él abrió un poco más la puerta.
—¿Quiere pasar?
La casa olía a café recalentado y a madera cerrada.
Estaba limpia. Había un calendario junto a la cocina, una silla con un cojín hundido y una radio pequeña sobre el refrigerador. En el escurridor, un plato, un vaso y una cuchara.
Ernesto fue a buscar otra taza.
Tuvo que sacarla de un armario alto. Antes de servirle, la enjuagó.
—No suelo recibir gente —dijo.
Clara se sentó con el bolso sobre las rodillas.
—¿Vive solo?
—Desde que vine.
—¿Hace mucho?
Él tardó un momento en responder.
—Desde el ochenta y siete.
Clara bajó la mirada hacia el libro.
El anciano dejó las tazas sobre la mesa y, con una timidez que la desarmó, añadió:
—Es usted la primera visita que tengo desde entonces.
No lo dijo como un reproche. Parecía estar comprobando algo.
En el pueblo conversaba con los comerciantes, recogía su pensión y se detenía algunas veces junto a otros hombres en la plaza. Pero nadie entraba en aquella casa. Nadie tenía que quitarse el abrigo ni buscar dónde sentarse.
Clara deslizó el libro dentro del bolso.
No tuvo valor para entregarle la carta.
Al principio hablaron de cosas pequeñas.
Del camino. De la librería. De las lluvias, que habían vuelto a levantar una mancha en el techo.
Luego Ernesto mencionó a su mujer.
Lo hizo al ofrecerle azúcar.
—Lucía tomaba tres cucharadas. Yo le decía que aquello ya no era café.
Sonrió apenas. Después se quedó mirando el azucarero.
Clara sintió que podía oír el papel dentro del bolso.
—¿Se separaron?
—La dejé —corrigió él—. Yo fui quien se fue.
Había perdido un trabajo. Habían empezado las discusiones, las cuentas pendientes, el cuidado de no decir ciertas cosas y la crueldad de decirlas precisamente porque dolían.
Ernesto contó poco.
No intentó convencerla de que había tenido razón.
—Pensé que aquí estaría más tranquilo.
Miró alrededor.
—Al principio estaba enfadado. Después me dio vergüenza volver.
—¿Ella sabía dónde encontrarlo?
El anciano negó con la cabeza.
—Le escribí. Pero no mandé la carta.
Clara apoyó una mano sobre el bolso.
Él no lo notó.
—Al día siguiente pensé que sería mejor ir a verla. Luego dejé pasar la semana. Cuando quise darme cuenta, ya no sabía qué iba a decirle.
Hubo otras oportunidades. Ernesto las recordaba: una mañana en que llegó hasta la terminal de autobuses, una Navidad, el cumpleaños de Lucía. Siempre encontraba una razón para esperar un poco más.
Con el tiempo dejó de preguntarse cuándo volvería.
Se acostumbró a no hacerlo.
—¿Nunca intentó buscarla? —preguntó Clara.
—Una vez. La casa ya estaba vendida.
No añadió nada.
Clara miró la taza que él había lavado para ella.
—Podríamos intentarlo ahora.
Ernesto levantó los ojos.
—¿Usted cree?
—No sé si la encontraremos. Pero podemos buscar.
Tardaron tres semanas.
La antigua dirección llevaba a un edificio de oficinas. Los teléfonos que Ernesto recordaba habían dejado de existir. Aparecieron varias mujeres con el mismo nombre y ninguna con la edad correcta.
Clara volvió a la casa con una libreta.
Él le dio los apellidos de Lucía, su lugar de nacimiento, el nombre de una hermana. Algunas cosas las recordaba con precisión; otras se le habían borrado.
No podía decir en qué año había muerto su suegro.
Recordaba, en cambio, el color del vestido que Lucía llevaba cuando lo conoció.
Una esquela en el archivo de un periódico permitió encontrar a una sobrina.
La mujer escuchó la explicación de Clara y guardó silencio.
—¿Ernesto está vivo?
—Sí.
Se oyó una respiración larga al otro lado del teléfono.
—Mi tía murió hace veinte años.
Clara tenía la libreta abierta. Había dejado espacio debajo del nombre de Lucía para anotar una dirección.
No escribió nada.
Cuando regresó a San Jerónimo, Ernesto había preparado café.
La segunda taza estaba ya sobre la mesa.
—¿Supo algo?
Clara se quitó el abrigo y lo dobló sobre el respaldo de la silla. Necesitaba sentarse antes de hablar.
—Encontré a una sobrina suya.
Él acercó un poco la silla.
—¿Y Lucía?
—Murió, Ernesto.
El anciano permaneció inmóvil.
—Hace veinte años.
Se quedó mirando el borde de la mesa. Clara vio que movía los labios, haciendo alguna cuenta.
—¿Veinte?
Ella asintió.
Ernesto tomó la taza, pero volvió a dejarla sin beber.
Durante un rato se oyeron la radio de un vecino y un vehículo pasando por la carretera. Alguien cerró una puerta.
Él miró hacia el pasillo.
Clara no supo si buscaba algo o si necesitaba dejar de mirarla.
—Su sobrina me mandó una fotografía —dijo al fin—. Si quiere verla.
La había llevado impresa.
Lucía aparecía sentada en una mesa de jardín, entre otras dos mujeres. Tenía el pelo corto, algunas canas y una mano levantada, como si alguien hubiera tomado la fotografía mientras hablaba.
Ernesto la sostuvo cerca de los ojos.
Al principio pareció buscarla entre los tres rostros.
Después pasó un dedo por el borde del papel.
—Se cortó el pelo.
Fue lo único que dijo.
Clara esperó.
—¿Sabe cómo estuvo? —preguntó él después—. Quiero decir… cómo vivió.
Ella le contó lo poco que sabía. Lucía había trabajado durante años en una mercería. Más adelante se había mudado cerca de su hermana. La sobrina la recordaba ayudándola con los disfraces de la escuela, llegando a los cumpleaños con paquetes envueltos en papel que guardaba de otras ocasiones.
Ernesto escuchó sin interrumpir.
Había imaginado muchas veces qué le diría si volvía a encontrarla. Ahora le estaban contando una vida en la que él no había estado.
—¿Puedo quedármela? —preguntó, señalando la fotografía.
—La traje para usted.
Clara permaneció allí hasta que el café se enfrió.
No intentó explicarle lo que debía sentir. Tampoco le dijo que nunca era tarde. Lo era para muchas cosas, y los dos lo sabían.
Antes de irse, anotó su teléfono con números grandes en una hoja de la libreta.
Ernesto la acompañó hasta la puerta. Llevaba todavía la fotografía en la mano.
—Gracias por buscarla.
Clara asintió. Dentro del bolso seguía la carta, con su fecha de 1987 y aquellas instrucciones para encontrar una casa a la que Lucía nunca había sabido llegar.
No la sacó.
—Puedo volver el jueves —dijo—. Si le parece.
El anciano miró un momento hacia la cocina.
—Venga antes de comer.
Clara volvió el jueves.
Esta vez Ernesto abrió enseguida.
Había puesto dos platos sobre la mesa.
— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.
