Mamá, por fin he llegado


Un relato de la Italia de la posguerra

En Milán nadie sabía cómo se llamaba su marido muerto.

Aquello fue lo primero que le gustó de la ciudad, aunque tardaría años en poder decirlo sin vergüenza.

Teresa llegó desde Calabria en noviembre de 1949. Tenía veinticinco años, una maleta con una cerradura defectuosa y un vestido negro que había aprendido a remendar sin que se notara. En el forro llevaba cosido el dinero. Su madre había hecho aquel bolsillo la noche anterior al viaje, bajo la luz de la cocina.

—Para sacarlo, busca un sitio donde no te vean —le había dicho.

Después cortó el hilo con los dientes y la abrazó. No le pidió que se quedara.

En el pueblo, Teresa era la viuda de Paolo. Se lo decían con cariño, casi siempre, y ese cariño había terminado por resultarle insoportable. Le llevaban huevos, le preguntaban si dormía, bajaban la voz cuando ella se acercaba. Había enviudado tan joven que apenas recordaba qué lugar ocupaba entre los demás antes de que empezaran a compadecerla.

Paolo había muerto en 1944, lejos de casa. La noticia llegó una tarde en que ella estaba dejando enfriar pan junto a la ventana. Durante mucho tiempo le pareció una indecencia que el pan hubiera seguido oliendo tan bien.

Ahora, en la estación de Milán, nadie se apartaba para dejar pasar su desgracia. La gente tenía prisa. Un hombre tropezó con su maleta, protestó y siguió andando.

Teresa estuvo a punto de agradecérselo.

Una prima le había conseguido una dirección donde alquilaban habitaciones y otra donde buscaban costureras.

La habitación estaba en una casa de corredores abiertos a un patio interior. Había que atravesar la galería para llegar al retrete y, por las mañanas, esperar turno ante el grifo. La señora Riva, que alquilaba los cuartos, le explicó dónde guardar el carbón, qué día se pagaba y por qué no debía dejar prendas sobre la barandilla.

Luego le entregó una llave.

Teresa la sostuvo un momento antes de guardarla. Era una llave corriente, un poco torcida. Abría una habitación donde apenas cabían una cama y una cómoda, pero no tenía que compartirla con nadie.

Milán no se parecía a las fotografías que había visto.

Todavía había solares entre los edificios y paredes donde podían distinguirse los restos de una casa desaparecida: azulejos, una franja de papel floreado, la marca de una escalera. Bajo la llovizna, los tranvías pasaban llenos. Los obreros llevaban el almuerzo envuelto y caminaban como si llegar tarde pudiera retrasar la reconstrucción de todo.

Teresa encontró trabajo en un taller de confección. Le dieron una silla junto a una ventana que no cerraba bien y un montón de faldas por terminar.

Sabía coser. Lo que todavía no sabía era hacerlo durante tantas horas.

Las primeras semanas se acostaba con los dedos doloridos. A veces soñaba que seguía pasando el hilo por el ojo de la aguja y despertaba con la mano levantada sobre la sábana.

Pero cada sábado recibía un sobre con su paga.

En el primero habían escrito: Teresa Russo.

Lo conservó.

Al principio quería cosas pequeñas: unos zapatos que no dejaran entrar agua, una manta más gruesa, dinero suficiente para mandar algo a su madre sin quedarse contando monedas frente al panadero.

Después empezó a querer una habitación con baño.

Luego, una casa.

Luego, una tienda de confección con su nombre en letras doradas sobre el cristal.

Se imaginaba levantando la persiana cada mañana, colocando un vestido en el escaparate, saludando a clientas que le preguntarían qué les aconsejaba. En aquella vida futura no tenía frío, no bajaba los ojos al hablar de dinero y nunca debía terminar una costura con hambre.

Por las noches recortaba imágenes de revistas. Una lámpara. Un abrigo claro. Una mesa puesta para seis personas.

Guardaba los recortes en una caja de zapatos, junto al dinero que conseguía ahorrar.

También compró un retal azul para hacerse un vestido.

No lo cortó.

Lo reservaba para cuando tuviera algún sitio verdaderamente bueno adonde ir.

Ada trabajaba en la silla de al lado. Tenía una hija de ocho años, Nina, y una manera de discutir con la patrona que a Teresa le parecía temeraria.

Fue ella quien le enseñó a revisar las cuentas del trabajo a destajo.

—Una falda que no te pagan no se convierte en favor porque te sonrían.

También fue Ada quien empezó a invitarla a cenar.

Vivía en el mismo edificio, una planta más abajo, y algunas tardes Teresa acompañaba a Nina desde el taller, donde la niña esperaba a su madre separando botones por colores.

—Quédate —le decía Ada cuando llegaban—. Hay suficiente.

Teresa casi siempre encontraba una razón para subir a su cuarto.

Tenía un encargo. Necesitaba descansar. Debía escribir una carta.

En realidad, sentarse a conversar una hora le producía una inquietud difícil de explicar. Mientras estuviera allí, comiendo o riéndose, no estaba avanzando hacia la mujer que se había prometido llegar a ser.

Se permitiría esas cosas después.

Después de ahorrar un poco más.

Después de cambiar de casa.

Después de abrir la tienda.

Las cartas a su madre se llenaron de esa palabra:

Cuando.

Cuando me acomode, vendrás.

Cuando gane mejor, descansaré los domingos.

Cuando todo esté en orden, ya verás.

Su madre contestaba contándole cómo había salido la cosecha, quién había tenido un hijo, qué parte del tejado necesitaba arreglo. Una vez añadió, al final:

¿Y el vestido azul?

Teresa dejó aquella pregunta sin responder.

La luz se fue una noche de febrero de 1952.

Teresa estaba terminando el forro de un abrigo. Permaneció inmóvil, con la aguja entre los dedos, esperando que regresara la corriente. Desde el patio llegaron protestas, el golpe de una puerta, alguien que llamaba a un niño.

Después oyó a Ada en la galería.

—Baja. Tenemos velas.

—Ahora viene.

—Entonces bajarás con luz.

Teresa dejó el abrigo sobre la cama.

En la cocina de Ada había una olla de sopa, cuatro platos distintos y la señora Riva cortando un pan contra el pecho. Nina había acercado las sillas tanto a la mesa que apenas quedaba sitio para sentarse.

Teresa pensó que estaría allí diez minutos.

Hablaron del precio de las patatas, de una gotera que nadie se decidía a reparar y de una clienta que había pedido estrechar tres veces el mismo vestido. Nina se echó un paño sobre el hombro y empezó a imitar a la patrona del taller, levantando un dedo y examinando el mantel con indignación.

Ada soltó una carcajada.

La señora Riva intentó corregir a la niña, pero se le escapó la risa antes de terminar.

Teresa también se rio.

Fue una risa larga, inesperada, que le hizo llevarse la mano a la boca. Hacía tanto que no se escuchaba así que, por un instante, sintió que había alguien más sentado con ellas.

Luego pensó en Paolo.

No en la noticia, ni en el luto, ni en todas las conversaciones que habían mantenido alrededor de su ausencia. Pensó en cómo se inclinaba sobre la sopa para enfriarla y acababa empañándose las gafas.

Le habría gustado contarlo.

Lo contó.

Ada siguió comiendo mientras escuchaba. Nadie bajó la voz. La señora Riva dijo que a su hermano le sucedía lo mismo, incluso con el café.

Teresa sintió que se le humedecían los ojos, pero no tuvo que levantarse.

Un rato después volvió la electricidad.

La bombilla iluminó las grietas del techo, la vajilla desparejada, las manos de las cuatro sobre la mesa.

Teresa miró hacia la puerta. Arriba la esperaba el abrigo.

—¿Más? —preguntó Ada, levantando el cucharón.

Ella acercó el plato.

No lo comprendió todo aquella noche.

Siguió habiendo mañanas en que la habitación era demasiado fría y semanas en que el dinero no alcanzaba. La compañía no arreglaba una ventana ni pagaba una cuenta. Teresa continuó ahorrando y, cuando reunió valor, pidió que le aumentaran la paga.

Pero empezó a desconfiar de aquel cuando que se había instalado al principio de cada alegría.

Había imaginado tantas versiones de su felicidad que apenas reconocía lo que estaba naciendo fuera de ellas. A veces, los sueños podían impedirle ver el sueño.

El suyo había sido tener una vida propia.

Y parte de esa vida ya estaba allí: en una llave, en el dinero que llevaba su nombre, en una amiga con quien podía discutir, en la posibilidad de hablar de Paolo sin desaparecer detrás de su muerte.

Una tarde sacó el retal azul.

Le faltaba tela para las mangas que había imaginado, así que las hizo más cortas.

Estrenó el vestido para cenar un jueves.

Pasó otro año antes de que Ada y ella alquilaran un pequeño local. Tenía una humedad junto al suelo y un escaparate estrecho. Durante meses habían hecho cuentas en la mesa de la cocina, tachando cantidades, volviendo a empezar.

No abandonaron el taller de inmediato. Fueron reuniendo encargos hasta que se atrevieron.

El letrero no tenía letras doradas.

Decía:

Teresa y Ada. Arreglos y confección.

El primer día entraron dos clientas. Una preguntó un precio y se marchó. La otra dejó unos pantalones para acortar.

Por la tarde, Nina hizo sus deberes sobre una caja y la señora Riva apareció con pan, como si inaugurar un negocio fuera una forma especialmente larga de sentarse a comer.

Teresa salió un momento a la acera.

Había imaginado muchas veces aquella escena. En sus fantasías, ella llevaba otro abrigo, la calle era más ancha y el cristal resplandecía sin una sola marca.

Ahora había una huella de Nina junto al letrero.

La vio y entró a buscar un paño.

Dentro, Ada protestaba porque las cuentas no coincidían. Alguien tenía que poner agua a calentar. Los pantalones debían estar listos al día siguiente.

Teresa dejó el paño, se quitó el abrigo y se sentó a trabajar.

Esa noche escribió a su madre. Le contó lo del local, las dos clientas, el pan. Le dio las medidas de la ventana por si aún conservaba aquellas cortinas que ya no usaba.

Al llegar al final de la página, se quedó un momento con la pluma suspendida.

Llevaba casi cinco años en la ciudad.

Mamá, añadió, creo que por fin he llegado.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.